diciembre 16, 2006

La Personal

Sábado 13.15 hrs Radio Concierto http://www.concierto.cl Mi personal Tracklist Canción 1: wake up / the arcade fire Canción 2: planet telex / radiohead Canción 3: tango uno / anibal troilo Canción 4: sour times / portishead Canción 5: love will tear us apart / joy division Canción 6: hello goodbye / the beatles

diciembre 14, 2006

Teléfono

2.56 AM. - Aló... - perdona, no me atreví a llamar hasta ahora - ¿qué hora es? - casi las tres. Perdona la imprudencia, no quise molestarte... es que... necesitaba oírte y saber que existo aún, que no me he evaporado en la ausencia... He pasado tanto y tan poco estos días, estos meses, estos años, estos siglos... Ni te imaginas... Me desconozco en los espejos, los reflejos me resultan amenazadores, desconfío de mi sombra, duermo mucho, vivo poco, como lo que encuentro cuando lo recuerdo, estoy tan solo que hasta el fantasma que se paraba en el pasillo ha dejado de mirarme. No salgo. Ya casi olvidé como es tu calle y como suena la voz de los niños cuando juegan, como se siente el vértigo en los columpios, en que dirección mueve la cola el perro vago de la esquina. No descanso, los sueños se me arrancan de los ojos como cabellos que quedan en la almohada, esa almohada que te espera cada noche. Sólo escucho discos viejos y asesino los segundos, ya casi no pienso cosas interesantes, ni siquiera tonterías, no me cuestiono ni busco respuestas, no escribo, no leo, perdí las intenciones, las buenas y las malas. Ni siquiera espero. Me he convertido en nada. Necesito recuperarte. Esperó unos segundos en el silencio de la madrugada y colgó el auricular, cerró la guía de teléfonos y la dejó en la mesita junto a la lámpara. Apagó la luz y cerró los ojos. Durmió 16 horas seguidas y soñó con caballos alazanes y música que jamás había oído, como la voz de aquella extraña tras la línea telefónica la madrugada anterior, desconocida y redentora.

noviembre 30, 2006

Correr...

Correr Correr sin destino Correr sin rumbo Evitando las paradas correr correr CORRER correr hasta salir huir, escapar, esconderme de los márgenes del M U N D O.

noviembre 12, 2006

Zen o no Zen

Jugando al solitario a las 3 de la mañana, con un Chris Cornell diciendo que no puede cambiar, y dándole una nueva vuelta a todo lo que hoy surgió en la charla, me pongo a pensar en lo difícil que resulta el volver a creer, y pongo el énfasis en el "volver", que implica haber creído antes.

¿Cómo se recontruye sobre los escombros del pasado? ¿cómo hacer de la nueva construcción algo sólido y sano? ¿cómo saber si es posible re-creer, re-encontrarse y re-comenzar? Aunque parezcan preguntas de libro de autoayuda, son interrogantes que todos tenemos alguna vez.

Y me vienen a la mente muchas cosas, situaciones de la vida misma, de la historia incluso, y surge en mí la misma respuesta que hoy le di a aquel hombre de guitarra en mano: No se trata de olvidar, de hacer como si nada hubiera ocurrido, es así como el mundo se ha resentido en el odio infinito de no saldar sus daños. No se puede esconder la mugre bajo la alfombra, porque tarde o temprano se va a notar, tarde o temprano estalla...

Es fácil decirlo, pero en el acto... ¿cómo se hace? Para mí es un proceso en conjunto, pero la confianza es tan sensible... ¿cómo mirar desde lejos a la mujer que amas sin odiarla un poco por todo el daño causado? El perdón es posible, luego de mucho, ¿pero el olvido? ¿y es sano?

A veces pareciera que sí, a veces pensamos que sería mejor la vida si pudiéramos borrar las cosas como si no hubieran sucedido, sin embargo ese tan inhóspito e indeseado inconciente nos trae a colación todo lo que tan arduamente intentamos ocultar. Después de todo, puede que no sea la mejor forma de seguir, quizá es solo la menos evolutiva, la que más intentamos y la que menos resulta.

Creer, creer en algo, en alguien, en uno mismo, ese es el cuento. Creer en otro implica de cierto modo creer en uno mismo un poco, sentir que se puede renacer de las cenizas siendo concientes de las cosas que ocurren, tranformando el pasado en vez de aborrecer eternamente al fantasma de viejas conductas y vivir con el miedo de recaer en ellas.

¿Pero cómo dejarlo todo, cómo recomenzar, si es tan humano el odio y tan indecible la culpa? ¿Se puede ser tan Zen y lograr librarse de lo mundano de nuestro ser? Y nace una nueva pregunta (a esta altura son pocas las respuestas)

En este mundo tan humano en el que vivimos, tan irracional, tan viceral (ya poca convicción queda sobre la racionalidad del hombre, me disculpará Monsieur Descartes) surge la duda, la confusión y el caos. Porque creer en alguien o en algo no implica necesariamente una pertenencia, sin embargo nos aferramos con uñas y dientes a eso que esperamos, nos mantenga a flote. Nace el apego, el sentimiento de posesión, se confunde lo "mutuo" con lo "mío", y se cae en absolutismos, en relaciones enfermas, en paranoias, en violencia, en odio nuevamente.

Tiendo a pensar que es tan humana como el odio y el apego esa capacidad, más que de racionalizar (no pasa tanto por la razón), de integrar a la vida los restos procesados del ayer, algo así como reciclar las experiencias, pero en el acto me vuelvo tan enajenada como cualquiera y olvido el optimismo positivista de mis ideas, pienso luego con el hígado y me torno vil, retrocedo y mando al cuerno todo.

Dudo, dudo sobre las posibilidades reales en el mundo en el que muero, dudo incluso de su realidad. Surge nuevamente la desconfianza, el mundo nos corrompe, nos contamina y retornamos al final de la cadena, a sumergirse nuevamente en las incertezas, en los miedos, en los olvidos.

¿Se puede vivir, entonces, comprendiendo que ni siquiera esa vida que sentimos tan propia nos pertenece? ¿podemos entablar relaciones sin "apoderarnos" del otro? ¿creer sin esperar que aquello en lo que creemos sea nuestro? ¿se puede ser Zen en esta vorágine?

noviembre 04, 2006

Este cuento aún no tiene título

En medio del desastre me detengo un instante, retomo ciertas letras dormidas entre los escombros de tiempos distintos (ni mejores ni peores, solo distintos) y reordeno la vida, paso lista, recuerdo y analizo (analizar significa fragmentar para comprender y reconstruir) Reviso notas viejas para nutrir de cambios las páginas nuevas, con más anhelos que espectativas (total, las espectativas fallan y los anhelos nos mantienen vivos, o al menos cerca de encontrar la vida) En esos ejercicios encontré un texto, viejo, quizá no tanto, escrito en hojas de cuaderno con tinta verde, y decidí transcribirlo... razones: ninguna, no tiene por qué haberlas. Soliamos sentarnos en la arena fría o en las bancas viejas y desvencijadas, o simplemente en un escalón de concreto a charlar por horas. Compartíamos algo de comer, generalmente galletas que yo siempre llevaba en el bolso, o podíamos solo quedarnos bien juntos mirando el cielo y los barcos, con los rostros fríos por el viento y las manos entrelazadas. Tú me hablabas de Borges y de Nietzsche, de Platón y de Heidegger, mientras yo pensaba en las estrellas y en los cientos de naufragios que dormían en la costa que bañaba nuestros encuentros, en la eternidad, eso que llamabas retorno. Y es que jamás fue amor lo que unía a Azucena y Pascual, sino las circunstancias o aquel sueño en que él la veía entre trigo y girasoles, vestida de blanco, descalza, con sus enormes ojos verdes, sonriendo. Sueño que guardó por años antes de conocerla cerca del mar, aquel verano insondable. No era amor lo que los llevaba a encontrarse todos los días en aquella pequeña playa para hablar y comer galletas, mirar abrazados el mar y contar estrellas fugaces, pero algo misterioso fusionaba sus almas, más allá de los compromisos, bastante débiles e inestables con la vida, de Pascual y la rotunda soledad de Azucena. Una fuerza extraña los mecía como las olas al barco que soñaban para fugarse juntos del mundo. Quizá eran las ansias compartidas, tal vez solo la ilusión de volver, luego de una temporada fuera del tiempo, al mismo lugar. Yo no te amaba, tú tampoco a mí, quizá por eso no podíamos separarnos. Se hizo nuetra costubre caminar largas horas en la noche, cuando ya no había taxis, cuando no había ni siquiera vagabundos ni perros callejeros, tomados de la mano para manterner el mismo ritmo hasta tu casa. Yo cocinaba algo rápido mientras tú ordenabas la habitación, tal vez solo buscabas ese disco que nos gustaba oír mientras nos besábamos, quitándonos la ropa ante la mirada furtiva de aquel fantasma que gustaba de oír a Mozart los sábados a media tarde. No recuerdo cómo nos conocimos, supongo que en el mar, o en el campo entre trigo y girasoles, da igual. Tampoco sé cómo llegamos a ser lo que fuimos, no importa. Lo único que recuerdo es el barco, un par de estrellas fugaces, el frío de las tres de la madrugada, los cuentos de Borges y las mañanas en que preparabas el desayuno mientras me hacía la dormida por un rato, solo para que me llevaras el café a la cama, y las tostadas francesas... y ese disco de Edith Piaf, mi favorito, la lluvia en tu ventana y mi felicidad completa, no porque fueras tú, ni siquiera por dormir contigo, solo porque amaba la lluvia en tu ventana y ese disco de Edith Piaf y las tostadas francesas y el café fresco en la cama. Recuerdo que una tarde dijiste que el mar reconocía nuestros rostros al mirarlo. Intenté imaginar la cantidad de rostros, las innumerables miradas que guarda la memoria del mar. Alegres, tristes, nostálgicos, desesperados, iracundos, completos, vacíos, olvidados... y entendí que el mar era ese tiempo del que me hablabas por las tardes, antes de regresar a tu casa a ese rito, tan humano, de dormir con alguien. Entendí que lo que nos unía no eran las noches en las que un fantasma boyerista que oía a Mozart nos espiaba, mientras, sudorosos y despreocupados, nos entrgábamos al placer sensorial de las manos y las lenguas, tampoco los desayunos en la cama, ni siquiera Borges, ni los barcos, ni las estrellas fugaces, ni el trigo, sino la conjugación mística y perfecta del mar y nuestras retinas, ese universo distinto, acuoso, de tus ojos y de los míos. El retorno de las miradas en cada ola, el reflejo de los rostros proyectados en el tiempo, el enlace indivisible entre el mar y la Luna, entre el cielo y la tierra. No se necesitaba más. Fue una tarde cualquiera, perdida entre las nubes de un septiembre ventoso, en aquella pequeña playa de segundos infinitos, donde los barcos esperaban el anhelo de los amantes y las estrellas se lanzaban al abismo del mar para convertirse en peces de luz, fue en ese lugar donde sus manos, tantas veces entrelazadas en las desvencijadas bancas, se separaron, y sus pupilas dejaron de ser las mismas que las olas dibujaron. La mujer de trigo y girasoles caminó lentamente, descalza y sin huellas, y se alejó en el danzar de las flores secas por el sol de primavera, volando. De él, no se supo nada. Se piensa que al precipitarse a la cotidianidad se volvió roca, en un intento desesperado por alcanzar aquel barco eterno que tanto buscó, y como viejo conjuro, fue olvidado. Hoy solo queda como testimonio aquella pequeña playa, las bancas viejas y desvencijadas, las estrellas y el viento, a veces uno que otro barco fantasma y el mar... esperando el retorno de sus ojos favoritos.

octubre 16, 2006

Silencio

Cerré la puerta y corrí, como hace mucho no lo hacía. En las calles, sombras, tenebrosas, me miraban, quizá incluso me seguían a ratos; en la mente, mares turbulentos, tormentas eléctricas de mielina; en los ojos, flashes de oscuridad total, puertas borrosas y esa tenue luz amarilla que se precipita sobre los techos y desdibuja los rostros de los desconocidos... Todos se parecen a ti después de todo. Los acordes sonaban a todo lo que da el volúmen y pueden resistir los tímpanos, quizá más aún... No veía nada, esos sonidos lo llenaban todo, debían llenarlo todo. Y seguía corriendo por una calle casi vacía, nublada, borrosa, oscura, tantas veces tuya... El miedo me perseguía, casi tan de cerca como los perros callejeros que no gustan de los tristes ni de los solos, tampoco de los borrachos, me pisaba los talones y se burlaba, entre dientes, profiriendo infinitos y desquiciados alaridos. Yo me refugiaba en el calor de los esponjosos audífonos para no morir, y corría, a todo lo que daban las piernas. Al pasar frente a la reja de tu ausencia me propuse seguir de largo, no mirar, no esperar, no gritarte en las manos. Pero miré, esperé, quise, pero no pude gritarte. La pila se agotó frente a esa nada reconocible y cayó sobre el frío tu silencio y el mío, la música ya no sonaba, ya no me cobijaba, ya no me sostenía. Y caí, entre el asfalto y la maleza que crece entre la humedad de las aceras, profundo, inexorable, inevitable. Ahora debía oír mis pasos en el cemento y los rumores nocturnos, el delirio de mis dedos azules y el murmullo de mi sangre agolpándose en las sienes, pero seguí corriendo hasta sentir calma, o por lo menos hasta la resignación de mis piernas y el cansancio de mis pupilas. Desperté con llagas en los pies y destierros en las manos.

octubre 10, 2006

El primer día...

El primer día se levantó atrasada, no había recordado que debía cambiar la hora del despertador, no había recordado que hoy comenzaba todo. Despertó de improviso, como si su espíritu (o una simple ave matutina, que viene a ser casi lo mismo) le invitara a quitarse la modorra y salir a descubrir el mundo allá afuera. Había dormido mal, le costó concebir el sueño, se daba vueltas en la cama con la mente en mil lugares distintos y con el alma vagando bajo el frío de las 4 de la madrugada, corriendo descalza en búsqueda de aquellos ojos de grisácea paz que tanta luz le regalaron. No supo en qué instante fue vencida. El primer día comenzó rápido, tomó una ducha breve y un desayuno aún más breve, echó las llaves al bolso y salió. Estaba nublado, aunque las blanquecinas nubes se disipaban entre el tímido celeste allá arriba, con esa calma de nube. Tomó el autobús, se puso los audífonos y mirando el paisaje que corría detrás del vidrio, recién ahí asumió que ahí comenzaba todo, otra vez... Tocó el timbre del autobús, se bajó, sintió el viento de octubre el en rostro y sonrió.

septiembre 11, 2006

Sin sorpresas

"Y de su cuerpo manaba sangre y agua
de un púrpura brillante, densa como
el silencio inacabable es sus pupilas
vacías de sueños y esperanzas".

Cerró la puerta de golpe, no pensaba regresar. En sus bolsillos descosidos por el uso escondía sus manos azulosas de frío, y en su mirada de intenso gris, el reflejo del fatum. Caminaba de prisa, sin mirar atrás, sin ver lo que pisaba ni el paisaje alrededor. En la mano derecha, dentro del abrigo, apretaba un boleto de autobús, en la mente revolvía pensamientos inconexos y descabellados.

Los minutos colgaban de los faroles en las calles asfaltadas, caían a un ritmo constante con ese mutismo de tiempo ajeno, pero no lo notaba, seguía su viaje hacia un destino incierto. Su gélido rostro se alejaba cada vez más del color y del mundo, extraviado en la inagotable soledad de su partida.

Cada cierto rato sus ojos se depositaban en algún sitio sin darle mayor importancia, sin nostalgia, sin despedida. Sus pasos eran firmes pero no excentos de ese aire de final, esa brisa extraña, un tanto amarga, que nos envuelve cuando sabemos que no hay retorno. Y no lo había.

Las sombras comenzaron a escurrirse entre los árboles y los fantasmas de noches vividas doblaban las esquinas al encontrarle, los primeros reflejos de la Luna le iluminaron el oscuro cabello, recortando una silueta alargada en el pavimento... No tenía miedo, sabía hace tiempo que el día llegaría, cruzó una angosta calle y apretó aún más el boleto dentro de su abrigo. Esa sería la última vez que aquel aire le rozara. El fin había llegado.

septiembre 10, 2006

El libro.

Érase una vez un libro perdido en la inmensidad del mundo. Cayó de algún bolsillo de un aficionado, o tal vez del brazo de un estudiante soñador, fue lanzado al vacío por un indolente, depositado como ofrenda de algún filósofo víctima de una crisis de sentido, tal vez fue él quien se lanzó al abismo tratando de redimir su alma de papel. Nadie lo recuerda. Los testigos, si es que los hubo, no le dieron mayor importancia al sacrificio, qué más da un libro roñoso y un poco amarillento. Permaneció largo tiempo ahí, entre los adoquines del abandono, observando la enormidad a su alrededor, sin poder creer que había tanto espacio fuera de su ensoñado mundo de páginas derramadas. Pensó, por un momento, que su universo era demasiado pequeño y quiso perderse en el infinito, alejarse de su vida de celulosa procesada y ver el mundo desconocido que habitaba fuera de su forro de cuero raído. Y así emprendió el viaje... Pasó de mano en mano, muchos encontraron en sus letras las respuestas a sus interrogantes, otros se fascinaron y hasta enloquecieron por sus palabras, recorrió ciudades completas, se relacionó con gente buena y mala, vivió en los suburbios, fue amigo del demonio y un venerado dios le hizo su acompañante, fue celebrado un día para él y tuvo reconocimiento en muchos lugares donde iba. Sin embargo el mundo se le hizo vacío y grisáceo, la gente hipócrita y alienada, desprovista de alma y espectativas. Su sueño de un mundo más grande se fue trizando con el tiempo, como las hojas que formabas su cuerpo. La gente ya no se maravillaba con él, nadie lo leía, todos parecían preocupados por otras cosas, por una caja con imágenes en movimiento o algo así. Parecía inverosímil, el mundo era tan hostil y ajeno... Extrañó el mundo de tinta en sus páginas de ámbar, tan familiar, tan íntimo, tan propio. Ya no quiso ser otro autómata de aquel universo misterioso que le había olvidado con tanta facilidad, se cansó de la vida decadente y se abandonó en un escaño de cualquier parte... Fue ahí donde lo encontré... (Solo con el transcurso de los silencios descubrimos que el mundo más inconmesurable es el que está dentro de nosotros)

septiembre 01, 2006

Pena de bandoneón

La vida te hace esconder la cara tras las manos muchas veces. Se hacen incomprensibles los actos, los olvidos, los silencios, las palabras, las miradas, las ausencias... y ese color en el aire que lo hace difícil de respirar, denso, con la espesura de las inminentes penas. Yo no entiendo mucho de casi nada, pero intento hacerlo lo mejor posible cuando al ver la infinita belleza en un punto de la nada me emociono y creo, por un momento, en el milagro divino de la trasendencia del ser, refrescar el alma con las gotas de lluvia y el saxofón de un negro olvidado en la esquina lejana del tiempo, pero el cansancio me supera y luego necesito correr hasta el punto más desconocido de la eternidad y ocultarme, deseosa de descansar, de vaciar la mente de tanto silencio que la abruma y caminar descalza por el cielo. Trato de no estallar en mil pedazos cuando descubro el velo de la mentira sobre el inocente y el abandono sobre el débil, de veras que intento comprender y vivir en el mundo, pero me resulta tan inexplicable la existencia de esos siniestros personajes que se aprovechan de la buena voluntad ajena y reniegan de sus propias entrañas. La carga del pathos propio y ajeno, la lluvia fría y el triste ánimo de los dioses configuran la sinfonía del ocaso. La puesta en crisis del sentido. Ya no seguiré escribiendo por hoy... quizá mañana...