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agosto 14, 2015

Mensaje

Me gustabas tanto y tan a ciegas que no supe qué hacer con eso. Lamento incomodarte, no tienes que responder esto, solo necesitaba decírtelo para liberarme del cuestionamiento permanente sobre por qué soy así. Ahora puedo seguir mi camino. Sé feliz.

(Guardó el mensaje en los borradores, por si algún día se atrevía a enviarlo... por si algún día volvía a necesitar desnudarse)



(2013)

enero 16, 2015

Mamihlapinatapai*

Dos desconocidos, de lugares desconocidos en países desconocidos de continentes desconocidos, se encuentran en una ciudad desconocida. Se miran, sonríen, se miran otra vez, se saludan, conversan. Caminan juntos por una calle desconocida hacia un hotel desconocido, diez minutos, quince, media hora... el tiempo es desconocido mientras se cuentan historias desconocidas. Sus hombros se rozan levemente y por un momento, experimentan sensaciones desconocidas, estremecimientos desconocidos. Entran al hotel, al ascensor, marcan sus pisos. Se miran, sonríen, hablan trivialidades que esconden mensajes desconocidos. Se abre la puerta, palabras de despedida, ascensor detenido, detenido, detenido, forzadamente detenido. Se despiden, se miran, no se tocan, se vuelven a mirar, no dejan de mirarse. Ascensor detenido, detenido, detenido eternamente, mientras sus ojos no quieran separarse. Segundos, minutos, horas, días, años... Se acercan, se arrepienten, se separan, se rozan nuevamente, estallan universos desconocidos. Suena la alarma del ascensor, quebrando aquel silencio desconocido. Un desconocido desciende. Se siguen mirando hasta que la puerta se cierra ante sus ojos desconocidos.









*Mamihlapinatapai es un vocablo yagán que se traduce como: "una mirada entre dos personas, cada una de las cuales espera que la otra comience una acción que ambos desean pero que ninguno se anima a iniciar".

noviembre 30, 2014

Todo cambia

Todo cambia con mariposas en el vientre y pájaros en la cabeza, todo cambia con unos ojos marrones y unas pestañas rizadas fijas en la memoria de un otoño lejano. Cambian los intereses, cambian los deseos, cambian hasta las prioridades. Porque si esos ojos marrones volvieran a mirarme de aquel modo en que lo hicieron hace kilómetros, no me importaría perderlo todo para seguirlos hasta otros valles.

octubre 05, 2012

Encuentro

Ya era tarde, casi de noche. El cansancio de la jornada, de la vida, de la realidad, pesaban en su frágil estructura. Se sentó en el rincón para que nadie le molestara y se puso los audífonos, mientras alternaba su mirada entre la ventana y un punto fijo en el espacio.

Subió varias estaciones después, con frío pero con suerte, porque prácticamente no tuvo que esperar. Al entrar miró hacia todos lados buscando un asiento libre, ahí fue cuando se vieron. Sus miradas se cruzaron una fracción de segundo, y con eso bastó para que ambos sintieran la necesidad vital de volver a mirarse. No esquivaron sus miradas, no disimularon, simplemente se escrutaron uno al otro.

El mundo parecía haberse detenido, las conversaciones de los pasajeros se mezclaban con sus pensamientos, que parecían escaparse, proyectarse en las paredes y en las ventanas. Aquella multitud de trabajadores grises y estudiantes opacos quebró la eternidad de aquel encuentro con su paso imperioso por llegar al hogar. Tuvo que avanzar entre la gente, perdiendo sus ojos para alcanzar el último asiento libre. Por más que intentaron recuperarse el uno al otro, por más que giraron la cabeza para verse, sus ojos no se encontraron.

Mirando a lo lejos la que supuso su espalda, pensaba en su cuerpo desnudo sobre la cama mientras leía algún libro. Imaginando que podía divisar su silueta entre la gente, pensaba en aquellas largas noches de lluvia jugando con su pelo. Un par de estaciones más tarde descendió, quedándose inmóvil frente a la ventana, con la esperanza de verle antes de partir y con la ambición de que ese primer encuentro entre sus pupilas no fuera el último.

abril 23, 2012

El libro

Érase una vez un libro perdido en la inmensidad del mundo. Cayó de algún bolsillo de un aficionado, o quizás del brazo de un estudiante soñador, fue lanzado al vacío por un indolente, depositado como ofrenda de algún filósofo víctima de una crisis de sentido, tal vez fue él mismo quien se lanzó al abismo tratando de redimir su alma de papel. Nadie lo recuerda. Los testigos, si es que los hubo, no le dieron mayor importancia al sacrificio, qué más da ver inmolarse a un libro roñoso y un poco amarillento. 

Permaneció largo tiempo ahí, entre los adoquines del abandono, observando la enormidad a su alrededor, sin poder creer que había tanto espacio fuera de su ensoñado mundo de páginas derramadas. Pensó, por un momento, que su universo era demasiado pequeño y quiso perderse en el infinito, alejarse de su vida de celulosa procesada y ver el mundo desconocido que habitaba fuera de su forro de cuero raído. Y así emprendió el viaje... 

Pasó de mano en mano, muchos encontraron en sus letras las respuestas a sus interrogantes, otros se fascinaron y hasta enloquecieron por sus palabras. Recorrió ciudades completas, se relacionó con gente buena y mala, vivió en los suburbios, fue amigo del demonio y un venerado dios le hizo su acompañante, fue celebrado un día para él y tuvo reconocimiento en muchos lugares donde iba. Sin embargo el mundo se le hizo vacío y grisáceo, la gente hipócrita y alienada, desprovista de alma y expectativas. Su sueño de un mundo más grande se fue trizando con el tiempo, como las hojas que formabas su cuerpo. La gente ya no se maravillaba con él, nadie lo leía, todos parecían preocupados por otras cosas, absorbidos por una caja con imágenes en movimiento o algo así. Parecía inverosímil, el mundo era tan hostil y ajeno.

Extrañó el mundo de tinta en sus páginas de ámbar, tan familiar, tan íntimo, tan propio. Ya no quiso ser otro autómata de aquel universo misterioso que le había olvidado con tanta facilidad, se cansó de esa vida decadente y se abandonó en un escaño de cualquier lugar... Fue ahí donde lo encontré. Lo tomé entre mis manos y levanté su vieja tapa, en la primera página había una breve dedicatoria que decía: “Solo en el transcurso de los silencios descubrimos que el mundo más inconmensurable es el que está dentro de nosotros”.


junio 05, 2010

La Casa de Asterión

Este cuento de Jorge Luis Borges es uno de mis preferidos en la vida, quizá porque yo también me siento un poco Asterión.





Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro, Biblioteca, III,I



Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito) están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aquí ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz  de la tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que ho hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, cro, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madra; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.


El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Loas enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprndiera a leer. A veces lo deploro, porque las noches y los días son largos. 

Claro que no me faltan distacciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suel, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos.) Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya verás cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.

No sólo he imaginado eso juegos, también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce [son infinitos] los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes, la casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris, he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce [son infinitos] los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo. 

Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensantgriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que alguna vez llegaría mi redentor, Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redeentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
   
El sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.


-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió. 

junio 01, 2008

Dio tranquilamente el penúltimo mordisco al trozo de queque, cuando se encontró con la presencia intrusa, mordaz e irreverente de aquel trozo de cáscara de huevo, que burlonamente se mezclaba con las migajas, ocultando su esencia crujiente.

septiembre 22, 2007

Tiempo

Te pesaba tanto el tiempo perdido que no supiste qué hacer con él. Lo mirabas, lo cambiabas de lugar, a veces le quitabas un poco el polvo del desuso, pero nunca te atreviste a inspeccionarlo. ¿Acaso te atemorizaba la idea de ver las cosas que podrías-haber-vivido y que dejaste-de-vivir? Y ahí estaba el tiempo, todo el tiempo, encerrado en ese círculo infinito al que cuidabas como una joya preciosa que nunca usarías, como aquellos diamantes gigantes que se exponen en los museos. Encerrando todos los misterios y las respuestas, todos los momentos, los días de campo, las tardes de playa, las lunas anaranjadas, las estrellas fugaces, los barcos y los girasoles del Universo... No te atrevías a mirar tu más preciado tesoro, sabías que era un error esconderlo, sabías que te había sido entregado para que hicieras uso de él sin miedo. Pero te sentías con tanto poder teniendo el tiempo en tus manos, a tu disposición siempre... ¿Y para qué? ¿Qué sentido tenía guardar todo el tiempo si ni siquiera pasaba por ti? ¿Acaso ni curiosidad te daba saber qué había tras las manijas? Un día, después de muchos años de silenciosa espera, tomaste la pesada valija del tiempo almacenado y perdido, la cargaste un poco (no mucho porque no soportaste el peso de tantos segundos extraviados) y una idea te vino a la cabeza... La curiosidad de saber el por qué de las cosas, de ver correr el mundo frente a tus ojos ávidos de vida, de flores y vientos, de trigo y vino, de mar y arenas... Y fue en ese momento en que comprendiste que la vida se te fue sin vivirla, siempre preocupándote, arrepintiéndote, corriendo tras los minutos ya evaporados, esperando a que se condensaran nuevamente para ver si los podías recuperar... Fue en ese instante en el que el reloj del tiempo perdido se hizo insoportablemente pesado y lo dejaste caer... Tu último fragmento se había ido y corría en la vorágine interminable, el fluir de las horas eternas... ________________________________________________ Otro cuento viejo, que quizá debiéramos todos tomar en cuenta... no dejemos que el tiempo se nos vaya sin sentirlo al máximo en nuestras vidas, no permitamos que escurra entre nuestros dedos sin poder tomarlo entre las manos y disfrutarlo. Este más que minicuento es un llamado a aprovechar el tiempo, recuperar los segundos perdidos y no dejar que se nos siga escapando, disfrutar hasta el último segundo tiene que ser la consigna.

septiembre 20, 2007

Meditaciones de Baño

Y siempre ocurre que la inspiración me viene en los momentos más inesperados y menos oportunos, por ejemplo, hoy por la mañana, mientras me lavaba los dientes, vino a mi cabeza la imagen perfecta. No había ningún papel ni lápiz a varios metros a la redonda, además, hubiese sido complicado cepillar mi dentadura con la mano derecha, mientras con la izquierda plasmare en el blanco aquella imagen surrealista y etérea.

Me pasa también (generalmente en el momento de cepillarme los dientes) que encuentro las palabras precisas para decir(le) todo aquello que jamás lograré verbalizar frente a la mirada inquisidora de infante que tiene. Pienso en la situación y momento en el que manifestare mis sentires y pensares, el lugar, las condiciones atmosféricas, el diálogo, la luz… Lo pienso narrativamente, omniscientemente.

Esto de la inspiración durante los menesteres de baño se ha vuelto de una periodicidad inusitada; teorías electroquímicas, paradigmas filosóficos, teoremas matemáticos y de física cuántica, hipótesis filogenéticas, razonamientos lógicos, tratados lingüísticos, modelos astronómicos, manifiestos políticos, vanguardias pictóricas, poéticas, óperas, sinfonías, visiones premonitorias, vaticinios místicos, dogmas religiosos. Todo tipo de ideas se desarrollan en mi mente a la vez que el dentífrico es esparcido en movimientos ondulatorios por mis incisivos, caninos, premolares y molares.

El acto de cepillarse los dientes no tiene el solo fin de quitar residuos de comidas, sarro, placa bacteriana y eliminar el mal aliento, dejando la sensación de frescura en la boca (generalmente asociada al sabor a menta de casi todos los dentríficos) El cepillado dental es una especie de rito pagano, en el que (si tenéis la disposición y capacidad de concentración) podéis lograr estados catárticos producto de la meditación trascendental influida por el movimiento ondulatorio del cepillo en la boca.

El problema (nunca se está libre de algún problema) es que no se puede intercalar el ritmo en 3:4 del cepillado, los influjos chamanísticos (divinos si así queréis llamarles) de la pasta dental sabor a menta (¡y quién sabe si es solo menta o hay otras hierbas de por medio!) y la materialización textual de vuestros contenidos mentales; además, ya terminado el acto de higiene, no hay forma de recordar las ideas que pasaron por tu cabeza. Es como llevar una caja muy pesada y delicada (que requiere de ambas manos para ser trasladada) y sentir picor en la nariz. No podéis rascarte, porque la frágil carga puede caer y dañarse, y mientras menos posible es rascarse, la comezón es mayor; pero cuando ya tenéis las extremidades libres de acción, ya no hay necesidad que cubrir: El escozor se olvida. Lo mismo ocurre con las ideas, se pierden en el abismo del tiempo y de la mala memoria, se disuelven, quizás con el agua que escupes al enjuagar tu boca luego de la pasta dental…

Hoy tuve una revelación divina mientras me cepillaba los dientes. Veía la imagen más perfecta, el secreto del Universo, la fuente máxima del saber. Era una imagen sublime, la respuesta a todas las preguntas que jamás se han formulado, el principio y el fin, el alpha y la omega estaban frente a mis ojos. En medio de mi estupor quise plasmar aquella imagen, terminé de cepillar mi dentadura, cerré la llave del agua, me sequé las manos y corrí a buscar un lápiz y un papel. Cuando llegué y tomé el bolígrafo entre mis manos ya era tarde, no recordaba para qué lo necesitaba…

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Cuento viejo y quizá en desuso, pero algo tengo que hacer mientras vuelven los tiempos mejores(?) ya que algunas polos presionan para que haya actualizaciones... (que nadie lee, ni siquiera ella misma)

junio 02, 2007

Paquidermo Efervescente

Este es un relato de una situación totalmente banal y absurdamente cotidiana que ni siquiera quizá merezca ganarse un lugar dentro de este o cualquier otro blog del universo de blogs existentes en el ciberespacio sideral mientras suena en la radio alguna canción indie lo bastante nueva como para no conocer su nombre o tal vez un clásico relativamente glam y bailable en aquellas discos alternativas donde las chicas pánico vestidas de marinerito danzan solas y le lanzan besos rojos y fucsias a las pantallas gigantes donde Jarvis Cocker canta common people y los punkies desadaptados pogean algún clásico de los Ramones pasada la mitad de la noche entre las tres y las cuatro de la mañana dentro de ese oscuro y flotante ambiente lleno de vodtonic y love will tear us apart again mutilando las almas de los desilusionados que cargan las cicatrices de batallas perdidas y de flancos desolados clásicos de otros tiempos cuando una chica se sienta a escribir a la usanza de viejos vinagres surrealistas y dadás reflotados desde esos inconcientes colectivos culturales shuper locosh llenos de acciones poéticas sin sentido lo que llaman la parodia del artista de forma filosófica antigua de quebrar esquemas lógicos y a veces cronológicos con esas dimensiones espaciales y temporales del relato y esa narratología barata y la gramática frívola y escapista que ocultan las esencialidades de la vida porque mi experiencia que no es mucha me dice que hay que tratar de ser auténtico y original sin perder la ductibilidad y adaptación si vemos en la naturaleza nos daremos cuenta que solo los organismos dinámicos mantienen el equilibrio vital por eso no me preocupo de mis descalabros mentales que deben tener mucho que ver con ese equilibrio dinámico del que hablan los biólogos como Max con su sentido pedagógico y altruista más pedagógico y altruista que cualquiera que coma comida enlatada o del kiosko de sausalito donde todo cuesta por lo menos cincuenta pesos más que en el resto del mundo donde habita aquel místicamente hermoso elefante efervescente de cabello rizado y roñosos harapos junto a un Rodrigo siempre estoico y profundo como ese silencio cuando estás rodeado de gente que no importa, porque la mayoría no importa a pesar de que ella es tu compañera y está embarazada y es feliz y se sentó a tu lado a esperar que abrieran la puerta diciendo hola tu dices hola silencio cómo va el embarazo y ya falta poco silencio y tu barriga es bella silencio que llegan los demás y silencio porque nadie te ve porque no estás quizá ni siquiera existes y nunca le dijiste hola a la muchacha embarazada que puede ser producto de tu imaginación o esos delirios esquizoides de los que te previenen las partillas que tan diligentemente te receta un señor flaco al que le queda corta la chaqueta y el diploma en la pared azul dice que es psiquiatra bien calificado luchador contra el sistema capitalista y la iglesia católica ultra conservadora y ruda de santas inquisiciones y diezmos fraudulentos iluminatis nihil novi sub sole dicen los pesimistas alemanes que tanto gustan a los muchachos desorientados de nuestros tiempos a esos a los que algún día pertenecimos o pertenecemos quizá vivamos en esa eterna adolescencia minoría de edad de la que hablaba Kant y seamos solo pollos electrocutados en la KFC de nuestra sociedad actual siempre tan vacía de esperanzas y salud mental en el que terminaré por hoy mi desparramo de seso significante y significado.

abril 10, 2007

Nocturna de Abril

Anochecía y las luces del tendido público comenzaban a encenderse, con esa luz amarilla que disipa los contornos de las cosas. Ella estaba como siempre sentada frente a la pantalla de su computadora, sin hacer nada, quizá leyendo las noticias de la tarde, sin ninguna gana. Era una tarde-noche fría, pero le gustaban las noches frías. Miró por la ventana de su habitación y vio los últimos suspiros de aquel sol que brillara tan tenuemente durante toda esa jornada, se quedó prendada de esa lenta agonía hasta que la oscuridad solo fue quebrada por las amarillentas siluetas bajo el alumbrado público, el frío traspasaba la ventana y se podían vislumbrar entre la noche algunas nubes de un gris violáceo. Abrió la ventana, se quitó las gafas, pegó su rostro a las barras de protección y respiró ese aire de otoño, sacó una mano entre la reja, el viento era suave y frío, jugueteaba con su mano como un niño travieso y la invitaba a salir. Ella sonrió, tómó un abrigo y, sin apagar la computadora, salió. Afuera la esperaba la noche y ese aire frío de otoño, dispuesto a acompañarla en su camino, sus pasos lentos se fueron alejando hasta que no fue más que un punto en aquella oscuridad de abril.

enero 04, 2007

Re-Cuento

Terminó su jornada de trabajo y le faltaban cifras para el balance... estaba un poco cansado y los párpados caían pesados a intérvalos cada vez más cortos, intentaba concentrarse con ayuda de un café ya casi frío, muy cargado y dulce, pero nada parecía sostenerlo en pie. En un momento y sin notarlo sus manos cayeron inconcientes sobre el papelerío. Seguía haciendo su balance, faltaba poco para la medianoche, en su mente se paseaban las ansias de salir a correr por la noche de lunacreciente, en sus labios un susurro de voces añejas se repetía como plegaria a un dios perdido entre los borrones del libro de cuentas. Y pensaba... quizá soñaba, en tantas cosas, en la familia que no tenía, en los proyectos que quiso, en lo que no logró por miedo a lanzarse al misterioso azar de descubrir cada segundo en la vida. Extrañaba esas cosas que nunca hizo, reir hasta caer del hipo y llorar a carcajadas, besar a la chica del 7º grado en esa vieja escuela de jardines cuidados por monjas extraterrestres, caminar descalzo por el pasto (recién pintado) de ese verde fosforescente que cubría las laderas de la facultad, tomar un autobus a casa de ella sin avisarle y dejar flores en su puerta... El ruido metálico de un bolígrafo al caer lo despertó, miró con extrañeza el lugar donde estaba, le costó reconocerlo, era esa oficina siempre tan gris y muerta, corrió los papeles a un lado, dejó el café ya helado, caminó lentamente hacia el baño, se lavó la cara, miró su reflejo en el sucio espejo y vio a un hombre demacrado, ojeroso, gris, como su escritorio, en sus ojos cansados, la frustación de haberse enserrado en la nada, de haberse convertido en un autómata más... Tomó su chaqueta y salió a tomar aire fresco. Encendió un cigarrillo, miró el cielo de la ciudad, iluminado más por las luces amarillentas del tendido público que por las lejanas estrellas, y esa luna amenazadoramente sonriente, como si se burlara de su miserable existencia, o quisera invitarlo a dar un paseo. Fumó un par de pitadas y el viento cálido de enero se hizo presente, llegó a sus pulmones como una bocanada de vida nocturna, bohemia, botó el cigarrillo y respiró profundo, los balances eran más que números que debían cuadrar, eran recuentos de la vida, recuentos del año, de un tiempo dado para ser aprovechado. Caminó un rato y se sentó en una banca bajo un gomero que brillaba azul bajo la luna, se quitó la chaqueta, subió las mangas de su camisa y cruzó las piernas, por fin miraba el lugar donde estaba, por fin sabía donde estaba y qué debía hacer... Este año debía aprovechar la vida, no todo era cuadrar números. Dejó el trabajo para otro día y se fue caminando hasta su casa. Nunca respiró aire tan puro en su vida. No se trata de llevarnos la vida en pensar y sacar cuentas, la vida es para vivir, si bien, los fines de año siempre (o casi siempre) implican balances, también implican replantearse la forma de vivir en nuevo año, yo saco en limpio muchas cosas del 2006, a pesar de todo, y aunque ha muchas cosas que no fueron de lo mejor, tengo la esperanza y la fe puesta en el 2007, ya basta de negarse a nacer, es hora de volar...

diciembre 14, 2006

Teléfono

2.56 AM. - Aló... - perdona, no me atreví a llamar hasta ahora - ¿qué hora es? - casi las tres. Perdona la imprudencia, no quise molestarte... es que... necesitaba oírte y saber que existo aún, que no me he evaporado en la ausencia... He pasado tanto y tan poco estos días, estos meses, estos años, estos siglos... Ni te imaginas... Me desconozco en los espejos, los reflejos me resultan amenazadores, desconfío de mi sombra, duermo mucho, vivo poco, como lo que encuentro cuando lo recuerdo, estoy tan solo que hasta el fantasma que se paraba en el pasillo ha dejado de mirarme. No salgo. Ya casi olvidé como es tu calle y como suena la voz de los niños cuando juegan, como se siente el vértigo en los columpios, en que dirección mueve la cola el perro vago de la esquina. No descanso, los sueños se me arrancan de los ojos como cabellos que quedan en la almohada, esa almohada que te espera cada noche. Sólo escucho discos viejos y asesino los segundos, ya casi no pienso cosas interesantes, ni siquiera tonterías, no me cuestiono ni busco respuestas, no escribo, no leo, perdí las intenciones, las buenas y las malas. Ni siquiera espero. Me he convertido en nada. Necesito recuperarte. Esperó unos segundos en el silencio de la madrugada y colgó el auricular, cerró la guía de teléfonos y la dejó en la mesita junto a la lámpara. Apagó la luz y cerró los ojos. Durmió 16 horas seguidas y soñó con caballos alazanes y música que jamás había oído, como la voz de aquella extraña tras la línea telefónica la madrugada anterior, desconocida y redentora.

noviembre 04, 2006

Este cuento aún no tiene título

En medio del desastre me detengo un instante, retomo ciertas letras dormidas entre los escombros de tiempos distintos (ni mejores ni peores, solo distintos) y reordeno la vida, paso lista, recuerdo y analizo (analizar significa fragmentar para comprender y reconstruir) Reviso notas viejas para nutrir de cambios las páginas nuevas, con más anhelos que espectativas (total, las espectativas fallan y los anhelos nos mantienen vivos, o al menos cerca de encontrar la vida) En esos ejercicios encontré un texto, viejo, quizá no tanto, escrito en hojas de cuaderno con tinta verde, y decidí transcribirlo... razones: ninguna, no tiene por qué haberlas. Soliamos sentarnos en la arena fría o en las bancas viejas y desvencijadas, o simplemente en un escalón de concreto a charlar por horas. Compartíamos algo de comer, generalmente galletas que yo siempre llevaba en el bolso, o podíamos solo quedarnos bien juntos mirando el cielo y los barcos, con los rostros fríos por el viento y las manos entrelazadas. Tú me hablabas de Borges y de Nietzsche, de Platón y de Heidegger, mientras yo pensaba en las estrellas y en los cientos de naufragios que dormían en la costa que bañaba nuestros encuentros, en la eternidad, eso que llamabas retorno. Y es que jamás fue amor lo que unía a Azucena y Pascual, sino las circunstancias o aquel sueño en que él la veía entre trigo y girasoles, vestida de blanco, descalza, con sus enormes ojos verdes, sonriendo. Sueño que guardó por años antes de conocerla cerca del mar, aquel verano insondable. No era amor lo que los llevaba a encontrarse todos los días en aquella pequeña playa para hablar y comer galletas, mirar abrazados el mar y contar estrellas fugaces, pero algo misterioso fusionaba sus almas, más allá de los compromisos, bastante débiles e inestables con la vida, de Pascual y la rotunda soledad de Azucena. Una fuerza extraña los mecía como las olas al barco que soñaban para fugarse juntos del mundo. Quizá eran las ansias compartidas, tal vez solo la ilusión de volver, luego de una temporada fuera del tiempo, al mismo lugar. Yo no te amaba, tú tampoco a mí, quizá por eso no podíamos separarnos. Se hizo nuetra costubre caminar largas horas en la noche, cuando ya no había taxis, cuando no había ni siquiera vagabundos ni perros callejeros, tomados de la mano para manterner el mismo ritmo hasta tu casa. Yo cocinaba algo rápido mientras tú ordenabas la habitación, tal vez solo buscabas ese disco que nos gustaba oír mientras nos besábamos, quitándonos la ropa ante la mirada furtiva de aquel fantasma que gustaba de oír a Mozart los sábados a media tarde. No recuerdo cómo nos conocimos, supongo que en el mar, o en el campo entre trigo y girasoles, da igual. Tampoco sé cómo llegamos a ser lo que fuimos, no importa. Lo único que recuerdo es el barco, un par de estrellas fugaces, el frío de las tres de la madrugada, los cuentos de Borges y las mañanas en que preparabas el desayuno mientras me hacía la dormida por un rato, solo para que me llevaras el café a la cama, y las tostadas francesas... y ese disco de Edith Piaf, mi favorito, la lluvia en tu ventana y mi felicidad completa, no porque fueras tú, ni siquiera por dormir contigo, solo porque amaba la lluvia en tu ventana y ese disco de Edith Piaf y las tostadas francesas y el café fresco en la cama. Recuerdo que una tarde dijiste que el mar reconocía nuestros rostros al mirarlo. Intenté imaginar la cantidad de rostros, las innumerables miradas que guarda la memoria del mar. Alegres, tristes, nostálgicos, desesperados, iracundos, completos, vacíos, olvidados... y entendí que el mar era ese tiempo del que me hablabas por las tardes, antes de regresar a tu casa a ese rito, tan humano, de dormir con alguien. Entendí que lo que nos unía no eran las noches en las que un fantasma boyerista que oía a Mozart nos espiaba, mientras, sudorosos y despreocupados, nos entrgábamos al placer sensorial de las manos y las lenguas, tampoco los desayunos en la cama, ni siquiera Borges, ni los barcos, ni las estrellas fugaces, ni el trigo, sino la conjugación mística y perfecta del mar y nuestras retinas, ese universo distinto, acuoso, de tus ojos y de los míos. El retorno de las miradas en cada ola, el reflejo de los rostros proyectados en el tiempo, el enlace indivisible entre el mar y la Luna, entre el cielo y la tierra. No se necesitaba más. Fue una tarde cualquiera, perdida entre las nubes de un septiembre ventoso, en aquella pequeña playa de segundos infinitos, donde los barcos esperaban el anhelo de los amantes y las estrellas se lanzaban al abismo del mar para convertirse en peces de luz, fue en ese lugar donde sus manos, tantas veces entrelazadas en las desvencijadas bancas, se separaron, y sus pupilas dejaron de ser las mismas que las olas dibujaron. La mujer de trigo y girasoles caminó lentamente, descalza y sin huellas, y se alejó en el danzar de las flores secas por el sol de primavera, volando. De él, no se supo nada. Se piensa que al precipitarse a la cotidianidad se volvió roca, en un intento desesperado por alcanzar aquel barco eterno que tanto buscó, y como viejo conjuro, fue olvidado. Hoy solo queda como testimonio aquella pequeña playa, las bancas viejas y desvencijadas, las estrellas y el viento, a veces uno que otro barco fantasma y el mar... esperando el retorno de sus ojos favoritos.

octubre 16, 2006

Silencio

Cerré la puerta y corrí, como hace mucho no lo hacía. En las calles, sombras, tenebrosas, me miraban, quizá incluso me seguían a ratos; en la mente, mares turbulentos, tormentas eléctricas de mielina; en los ojos, flashes de oscuridad total, puertas borrosas y esa tenue luz amarilla que se precipita sobre los techos y desdibuja los rostros de los desconocidos... Todos se parecen a ti después de todo. Los acordes sonaban a todo lo que da el volúmen y pueden resistir los tímpanos, quizá más aún... No veía nada, esos sonidos lo llenaban todo, debían llenarlo todo. Y seguía corriendo por una calle casi vacía, nublada, borrosa, oscura, tantas veces tuya... El miedo me perseguía, casi tan de cerca como los perros callejeros que no gustan de los tristes ni de los solos, tampoco de los borrachos, me pisaba los talones y se burlaba, entre dientes, profiriendo infinitos y desquiciados alaridos. Yo me refugiaba en el calor de los esponjosos audífonos para no morir, y corría, a todo lo que daban las piernas. Al pasar frente a la reja de tu ausencia me propuse seguir de largo, no mirar, no esperar, no gritarte en las manos. Pero miré, esperé, quise, pero no pude gritarte. La pila se agotó frente a esa nada reconocible y cayó sobre el frío tu silencio y el mío, la música ya no sonaba, ya no me cobijaba, ya no me sostenía. Y caí, entre el asfalto y la maleza que crece entre la humedad de las aceras, profundo, inexorable, inevitable. Ahora debía oír mis pasos en el cemento y los rumores nocturnos, el delirio de mis dedos azules y el murmullo de mi sangre agolpándose en las sienes, pero seguí corriendo hasta sentir calma, o por lo menos hasta la resignación de mis piernas y el cansancio de mis pupilas. Desperté con llagas en los pies y destierros en las manos.

octubre 10, 2006

El primer día...

El primer día se levantó atrasada, no había recordado que debía cambiar la hora del despertador, no había recordado que hoy comenzaba todo. Despertó de improviso, como si su espíritu (o una simple ave matutina, que viene a ser casi lo mismo) le invitara a quitarse la modorra y salir a descubrir el mundo allá afuera. Había dormido mal, le costó concebir el sueño, se daba vueltas en la cama con la mente en mil lugares distintos y con el alma vagando bajo el frío de las 4 de la madrugada, corriendo descalza en búsqueda de aquellos ojos de grisácea paz que tanta luz le regalaron. No supo en qué instante fue vencida. El primer día comenzó rápido, tomó una ducha breve y un desayuno aún más breve, echó las llaves al bolso y salió. Estaba nublado, aunque las blanquecinas nubes se disipaban entre el tímido celeste allá arriba, con esa calma de nube. Tomó el autobús, se puso los audífonos y mirando el paisaje que corría detrás del vidrio, recién ahí asumió que ahí comenzaba todo, otra vez... Tocó el timbre del autobús, se bajó, sintió el viento de octubre el en rostro y sonrió.

septiembre 11, 2006

Sin sorpresas

"Y de su cuerpo manaba sangre y agua
de un púrpura brillante, densa como
el silencio inacabable es sus pupilas
vacías de sueños y esperanzas".

Cerró la puerta de golpe, no pensaba regresar. En sus bolsillos descosidos por el uso escondía sus manos azulosas de frío, y en su mirada de intenso gris, el reflejo del fatum. Caminaba de prisa, sin mirar atrás, sin ver lo que pisaba ni el paisaje alrededor. En la mano derecha, dentro del abrigo, apretaba un boleto de autobús, en la mente revolvía pensamientos inconexos y descabellados.

Los minutos colgaban de los faroles en las calles asfaltadas, caían a un ritmo constante con ese mutismo de tiempo ajeno, pero no lo notaba, seguía su viaje hacia un destino incierto. Su gélido rostro se alejaba cada vez más del color y del mundo, extraviado en la inagotable soledad de su partida.

Cada cierto rato sus ojos se depositaban en algún sitio sin darle mayor importancia, sin nostalgia, sin despedida. Sus pasos eran firmes pero no excentos de ese aire de final, esa brisa extraña, un tanto amarga, que nos envuelve cuando sabemos que no hay retorno. Y no lo había.

Las sombras comenzaron a escurrirse entre los árboles y los fantasmas de noches vividas doblaban las esquinas al encontrarle, los primeros reflejos de la Luna le iluminaron el oscuro cabello, recortando una silueta alargada en el pavimento... No tenía miedo, sabía hace tiempo que el día llegaría, cruzó una angosta calle y apretó aún más el boleto dentro de su abrigo. Esa sería la última vez que aquel aire le rozara. El fin había llegado.

septiembre 10, 2006

El libro.

Érase una vez un libro perdido en la inmensidad del mundo. Cayó de algún bolsillo de un aficionado, o tal vez del brazo de un estudiante soñador, fue lanzado al vacío por un indolente, depositado como ofrenda de algún filósofo víctima de una crisis de sentido, tal vez fue él quien se lanzó al abismo tratando de redimir su alma de papel. Nadie lo recuerda. Los testigos, si es que los hubo, no le dieron mayor importancia al sacrificio, qué más da un libro roñoso y un poco amarillento. Permaneció largo tiempo ahí, entre los adoquines del abandono, observando la enormidad a su alrededor, sin poder creer que había tanto espacio fuera de su ensoñado mundo de páginas derramadas. Pensó, por un momento, que su universo era demasiado pequeño y quiso perderse en el infinito, alejarse de su vida de celulosa procesada y ver el mundo desconocido que habitaba fuera de su forro de cuero raído. Y así emprendió el viaje... Pasó de mano en mano, muchos encontraron en sus letras las respuestas a sus interrogantes, otros se fascinaron y hasta enloquecieron por sus palabras, recorrió ciudades completas, se relacionó con gente buena y mala, vivió en los suburbios, fue amigo del demonio y un venerado dios le hizo su acompañante, fue celebrado un día para él y tuvo reconocimiento en muchos lugares donde iba. Sin embargo el mundo se le hizo vacío y grisáceo, la gente hipócrita y alienada, desprovista de alma y espectativas. Su sueño de un mundo más grande se fue trizando con el tiempo, como las hojas que formabas su cuerpo. La gente ya no se maravillaba con él, nadie lo leía, todos parecían preocupados por otras cosas, por una caja con imágenes en movimiento o algo así. Parecía inverosímil, el mundo era tan hostil y ajeno... Extrañó el mundo de tinta en sus páginas de ámbar, tan familiar, tan íntimo, tan propio. Ya no quiso ser otro autómata de aquel universo misterioso que le había olvidado con tanta facilidad, se cansó de la vida decadente y se abandonó en un escaño de cualquier parte... Fue ahí donde lo encontré... (Solo con el transcurso de los silencios descubrimos que el mundo más inconmesurable es el que está dentro de nosotros)

agosto 04, 2006

Un segundo día como cualquiera

Hoy encontré un fragmento de texto sin terminar, no sé de qué fecha data ni en qué circunstancias fue escrito, no lo recuerdo y quizá no importe mucho. Estaba en una página de la agenda de la U, entre el lunes 20, martes 21 y miércoles 22 de febrero, aunque obviamente no fue escrito en ese momento. La tinta... magenta, como siempre. "Se cierran los boliches y yo sentada en la escalera infinita del olvido. La gente pasa, algunos miran, nadie pregunta, los mitos caen inexorablemente, sin embargo espero, con pocas ansias, que todo acabe, que alguien venga a rescatar(me) los vestigios de la nada. La luz, cada vez más tenue, se desliza sin pudores entre las cosas, dibujando lúdicas figuras fantasmales. Ocasos..." ( Quizá no signifique nada. No pensar puede parecer una forma de evadir, o tal vez una forma hegemónica de controlar las masas, aunque suele, en ciertas esferas de opinión (y qué significa eso), ocultarse bajo la ilusión de "la expresión del genio incomprendido". Estos intelectualoides postmodernos que se sienten dioses masticando y manoseando las ideas regurgitadas de viejos empolvados en sus tumbas y elevados al Olimpo filosófico. Qué peor, la juventud sin rumbo, dejándose llevar por la vorágine de la caja idiota... o esa pequeña gran élite de desdichados, juventud deprimida y perdida, citando a Baudelaire y Nietszche, haciendo la parodia del artista... )

Hoy fue un segundo día como todos los segundos días de la vida, parecido al primero aún, pero ya sin ese aire de inicio, porque al fin y al cabo, nada comienza porque nada alcanza a terminar.

Nada mejor que llegar a la noche de un segundo día como cualquiera con un Robert Johnson tocando guitarra en tus oídos, invocando demonios de días posteriores. Ya sé, no tiene sentido... pero ¿para qué lo necesita?